Para el deseo sexual, la dualidad es esencial. La sensación de incompletud no es un defecto, sino una condición. Es lo que atrae a un cuerpo hacia otro y mantiene el deseo en movimiento. La mayoría de las formas de intimidad aceptan esta tensión y aprenden a convivir con ella. Se acercan y se alejan, en lugar de intentar abolir la distancia.
Los momentos de estar locamente enamorado pueden dar lugar a un impulso más extremo. Un deseo no solo de cercanía, sino de eliminación total de la distancia. Este anhelo no es principalmente erótico. Es un deseo profundamente arraigado de fusión.
Durante una entrevista televisiva en 2007, Armin Meiwes, quien en 2001 mató y comió de forma consensuada a otro hombre, explica su fantasía caníbal como enraizada en experiencias de abandono durante la infancia. Se refiere de manera explícita a haber sido dejado atrás por su padre y por su hermano mayor.
Como respuesta a esta ausencia, comenzó a fantasear con la idea de tener un hermano menor, modelado de forma imprecisa a partir del personaje Sandy de la serie televisiva Flipper de los años sesenta. Con el tiempo, esta relación imaginada experimentó un giro decisivo. La fantasía dejó de centrarse únicamente en la compañía y pasó a orientarse hacia la incorporación. El hermano imaginado ya no era solo alguien a quien mantener cerca, sino alguien que podía ser consumido, con el fin de integrar al otro en uno mismo.
Esta idea dista mucho de ser singular. Aparece también en contextos mucho más antiguos. En comunidades que practican el endocanibalismo institucionalizado, el consumo del cadáver no se entiende como un acto de agresión, sino como una expresión de afecto. Comer al muerto permite que el difunto permanezca presente en un sentido físico, no solo como recuerdo o símbolo, sino incorporado como parte de un organismo humano vivo.
El propio Meiwes señala una imagen cinematográfica como un momento clave en la formación de esta fantasía. Describe una adaptación cinematográfica de Robinson Crusoe, en la que dos miembros de una tribu llegan a la orilla de una isla desierta, uno de ellos ya muerto. En la película, el superviviente expresa el deseo de comerse el cadáver, no por hambre ni por hostilidad, sino para honrar al muerto y mantenerlo presente. El canibalismo aparece aquí como un acto de devoción, un medio para evitar la desaparición.
Desde los inicios del cristianismo, la acusación de canibalismo lo ha acompañado también. Su ritual central, la Eucaristía, se basa en la ingestión del cuerpo y la sangre de Cristo. A través de este acto teofágico, la fusión se ritualiza. La comunidad se unifica, y el cuerpo divino se incorpora a los cuerpos de los fieles.
En cuentos populares como El enebro y Hansel y Gretel, el canibalismo ocupa una posición central y doméstica. En El enebro en particular, la transformación se vuelve posible a través del consumo inconsciente del niño muerto por parte de su padre. La absorción no borra al niño, sino que se convierte en la condición de su retorno en una forma transformada.
De manera retorcida, una idea utópica subyace al consumo de otro ser humano. La digestión de un cuerpo muerto promete la conversión de la carne en células renovadas, permitiendo que el muerto persista dentro del organismo vivo. El canibalismo puede entenderse así como un intento de derrotar la finalidad a través del consumo.