La primera escalera mecánica se instaló como una atracción en Coney Island. Se asemejaba más a una cinta móvil en diagonal que a los peldaños horizontales que hoy conocemos. Sin embargo, en pocos años su potencial arquitectónico y comercial resultó evidente.
Las escaleras requieren esfuerzo y conciencia corporal. Están concebidas para un ritmo y una velocidad individuales, y quien asciende tiene la posibilidad de detenerse o retroceder. Los ascensores, en cambio, exigen un tiempo de espera antes de encerrar a los viajeros en un desplazamiento vertical repentino. Dividen la arquitectura en plantas donde se puede aparecer y desaparecer para reaparecer en otro lugar.
Las escaleras mecánicas ofrecen un movimiento continuo. Por lo general no requieren espera y permiten una visión abierta del ascenso a través de los distintos niveles. Hay algo democrático en el ritmo fijo y metronómico y en el deslizamiento colectivo que proponen, sin interrupción una vez que se ha puesto el pie en ellas.
Manteniendo la postura vertical, con los peldaños regulando la distancia entre los cuerpos, la procesión en diagonal hacia arriba o hacia abajo resulta levemente absurda. Y sin embargo, aunque hayamos tomado miles de escaleras mecánicas a lo largo de nuestra vida, aún conservan algo de la excitación infantil que provocaron.
Pero más que limitarse a reducir el esfuerzo de subir escaleras, las escaleras mecánicas son un medio eficaz para guiar y dirigir multitudes. Pueden utilizarse para canalizar a las personas hacia salidas, como en las estaciones de metro, o conducirlas hacia zonas de consumo en los grandes almacenes.
El tamaño, el número y la velocidad de las escaleras mecánicas en un espacio concreto determinan con precisión la capacidad y el flujo. Una sola escalera mecánica puede transportar entre 3.000 y 10.000 personas por hora, lo que la convierte en un instrumento eficaz para mantener un volumen controlado.
Y cuando una escalera mecánica falla, sigue siendo utilizable como una escalera.