Debía de tener unos cuatro o cinco años cuando una señora venía a limpiar a nuestra casa, probablemente una vez por semana, durante algún tiempo. Tenía un hijo pequeño, más o menos de mi edad, y recuerdo que era muy agresivo. Como yo era un niño bastante delgado y enclenque, cualquier enfrentamiento físico quedaba descartado. Sin embargo, de alguna manera conseguí tranquilizarlo y llevarme bien con él durante sus breves visitas semanales.
Lo que sí recuerdo con mucha claridad es que su madre le contaba a la mía que el padre del niño lo encerraba en un armario como castigo.
Y todavía recuerdo que me preguntaba si aquello se debía a que el niño se portaba tan mal, o si, por el contrario, era tan agresivo precisamente porque su padre lo encerraba en el armario. O quizá su padre era tan agresivo como él, pero, al ser más grande y más fuerte, podía hacer sencillamente lo que le viniera en gana con su hijo.
Hay un proverbio bíblico, citado con frecuencia, que dice: «El que escatima la vara odia a su hijo, pero el que lo ama lo corrige a tiempo» (Proverbios 13:24).
Una ilustración bastante literal de este principio se encuentra en un breve cuento titulado El niño testarudo, incluido por los hermanos Grimm en su colección de cuentos:
Érase una vez un niño testarudo que no hacía lo que su madre quería. Por eso, el buen Dios no estaba contento con él y dejó que enfermara. Ningún médico pudo ayudarlo y, al poco tiempo, el niño yacía en su pequeño lecho de muerte.
Cuando lo enterraron y cubrieron su cuerpo de tierra, de pronto volvió a asomar su bracito, que se extendía hacia arriba. Y cada vez que se lo volvían a meter y lo cubrían con tierra fresca, no servía de nada, pues el bracito volvía a salir.
Entonces tuvo que ir la propia madre a la tumba y golpear el bracito con una vara. Cuando lo hizo, este se retiró y solo entonces pudo el niño descansar por fin bajo tierra.
Es curioso, pero nunca se nos dice qué ha hecho realmente el niño, aparte de no hacer lo que su madre quería. Las drásticas consecuencias de su desobediencia me recuerdan al Struwwelpeter de Heinrich Hoffmann.
Hoffmann, médico, liberal y reformador de la psiquiatría, había estado buscando un libro ilustrado para regalar a su hijo de tres años por Navidad. Como nada de lo que encontraba le convencía, decidió escribir e ilustrar uno él mismo. Se publicó en 1845 y más tarde pasó a conocerse como Der Struwwelpeter.
En él aparecen consecuencias tan grotescamente desproporcionadas de comportamientos indeseables como la de Konrad, a quien un sastre armado con unas tijeras enormes le corta los pulgares porque se niega a dejar de chupárselos.
Struwwelpeter dejó una profunda huella en la cultura de los países de habla alemana.
Como de pequeño era especialmente mal comedor, mis padres me llamaban Suppenkasper en numerosas ocasiones. Este Suppenkasper [Gaspar el de la sopa] repite su estribillo, «Nein, meine Suppe ess’ ich nicht!» [«¡No, no me comeré la sopa!»], a lo largo de tres estrofas, mientras las ilustraciones muestran cómo el niño, al principio bien alimentado, se va quedando cada vez más delgado, hasta parecer un palillo. La cuarta ilustración muestra únicamente su tumba, con un plato de sopa encima.
También me llamaban a menudo Zappel-Philipp [Felipe el inquieto], ya que comparto tanto el nombre como la inquietud del niño que se balancea hacia atrás en su silla hasta acabar tirándose encima todo lo que hay sobre la mesa del comedor.
La ambigüedad de estas historias reside en que nunca queda del todo claro si pretenden asustar a los niños para que obedezcan o hacer que todo el asunto de los castigos resulte ligeramente ridículo.
Sin embargo, para un niño al que realmente están castigando, imagino que la experiencia es muy real.