En una pintura pequeña, el mundo entero está ahí, ante tus ojos. Cada borde, cada trazo se revela de un vistazo. No hay conjeturas: el resultado es inmediato.
Una pintura pequeña está contenida. Un lienzo grande, en cambio, es un territorio distinto. Frente a él, a la distancia de un brazo, solo puedes abarcar una parte. Tienes que alejarte para verlo entero y, a veces, eso significa pintar subido a una escalera o agachado sobre el suelo. El proceso se vuelve inevitablemente más físico.
Comenzar un cuadro grande siempre me produce un placer inmenso. Puedo usar brochas anchas y abundante pintura, dejarme llevar por los movimientos amplios y gestuales. Pero pronto llega la realidad: la imagen no es más que un esbozo plano de lo que imaginaba. Esto continúa hasta que alcanzo un momento preciso en el que la superficie parece abrirse, envolverme, y siento que pinto desde dentro. El cuadro deja de ser superficie y se convierte en un espacio propio, arquitectónico y envolvente. Entonces es como si estuviera dentro de mi propio decorado, de mi propio teatro.
Siempre he sentido debilidad por los telones pintados del teatro: esos enormes lienzos que, al tiempo que crean un mundo, no ocultan su artificio. Hoy en día son raros.
A primera vista, un telón pintado puede parecer ingenuo, un intento condenado de fabricar una ilusión que cualquiera descubrirá al instante. Pero un telón bien hecho y bien empleado puede ser mucho más.
Puede fijar el tiempo y el lugar de una escena, evocando una época histórica, una estación, una hora del día o situándola en un punto concreto.
Puede ser arquitectónico, insinuando edificios y espacios, o atmosférico, moldeando el ambiente mediante la luz, el color, la textura o el clima.
Puede dar contexto, enmarcar la acción o ampliar el espacio escénico con la perspectiva. A veces ancla la escala de los actores; otras, la distorsiona y desconcierta.
Puede integrarse en la arquitectura del teatro o desmarcarse como algo por completo ajeno.
Puede sugerir relatos, conservar la memoria de representaciones pasadas o dialogar con otras obras de arte.
Y, sin embargo, no es posible interactuar de verdad con un telón pintado. No se puede atravesar como una puerta realista ni tocar lo que representa. Habita en un plano distinto al de los actores.
Quizá ahí esté su sentido: nada declara con más claridad que lo que vemos no es la realidad, sino un escenario. Es una convención y una alianza. Define de inmediato a quien pisa las tablas como actor, y solo gracias a su presencia el telón cobra significado.
Los telones pintados de teatro guardan apenas un parentesco lejano con la pintura común, pero pienso en ellos a menudo mientras trabajo en un lienzo de gran formato.
Este lienzo en particular, arriba, lo compró mi amigo Antonio Fernández Villalba. En una fotografía de la exposición se le ve delante, ligeramente inclinado hacia un lado, los brazos cruzados, con una sonrisa cómplice. Nos conocimos tras mi primera pequeña muestra colectiva, cuando me llamó por sorpresa para invitarse a mi estudio. Al principio apenas entendía su marcado acento murciano, pero nos hicimos grandes amigos de inmediato. Hace quince años, este mismo mes, estando yo de vacaciones, mi galerista Soledad Lorenzo me llamó para decirme que había muerto en un accidente de tráfico. Era de esas personas cuya ausencia nunca deja de sentirse.