«Estaba oscuro cuando despertaron, y Hänsel consoló a Gretel y le dijo: “Espera, cuando salga la luna podré ver las migajas de pan que he esparcido, y nos mostrarán el camino de vuelta a casa”.
Cuando apareció la luna se levantaron, pero no pudieron encontrar ninguna migaja, pues los muchos miles de pájaros que vuelan por los bosques y los campos las habían picoteado».
La imagen que inicialmente me atrajo de Hänsel y Gretel fue esta: el camino de salida borrado por los pájaros del bosque.
Resulta extraño, porque los cuentos de hadas suelen tratar sobre el valor y la prueba, pero en Hänsel y Gretel es la intención de regresar, y no la del descubrimiento, lo que establece el escenario. Primero los guijarros blancos y más tarde las migajas de pan actúan como un seguro contra la propia aventura. Siempre me ha parecido extraño que los niños aspiren a volver con unos padres que ya han decidido abandonarlos.
El bosque en Hänsel y Gretel no es un espacio desconocido. Los padres pueden orientarse en él con facilidad, y la familia obtiene su escaso sustento talando madera. Al mismo tiempo, son plenamente conscientes de que los niños son incapaces de encontrar el camino de vuelta una vez abandonados. El bosque no aparece como un lugar lleno de bestias salvajes o de peligros constantes. Hay una bruja que vive en él, pero habita una fantasía infantil distorsionada de un hogar acogedor, una especie de oasis dentro del propio bosque. Más allá de eso, el peligro reside en la estructura laberíntica del bosque y en la incapacidad de los niños para orientarse en él o para vivir de lo que ofrece. La única amenaza real procede de los pájaros inocentes que recogen las migajas de pan.
Las migas digitales funcionan en gran medida del mismo modo, no para el descubrimiento, sino como un medio de retorno. Existen para permitir deshacer los pasos y volver atrás. Una diferencia crucial entre las migajas del cuento y las migas digitales es su carácter utópico. Las migas digitales se parecen más a los guijarros blancos que Hänsel esparce durante el primer intento de abandono por parte de los padres. No pueden ser consumidas y prometen un camino de vuelta fiable. Pero quizá la reversibilidad no sea más que una ficción que nos contamos para poder avanzar, del mismo modo que en el poema The Road Not Taken de Robert Frost:
Y ambos esa mañana yacían igualmente
en hojas que ningún paso había pisado.
¡Oh, había guardado aquel primero para otro día!
Aun sabiendo la manera en que un camino lleva a otro,
dudé si debía haber regresado sobre mis pasos.
Robert Frost, extracto de El camino no elegido [The Road Not Taken, 1915], traducción de Agustí Bartra.