Mi primera exposición en la galería de Juana de Aizpuru consistía en pinturas de árboles viejos. Venía de trabajar con Soledad Lorenzo, y vi la exposición, entre otras cosas, como un homenaje a las grandes mujeres y galeristas que moldearon el mercado del arte en España durante tantos años. Aunque esa conexión quizá sea en gran parte privada, Pando, la pintura mostrada arriba, formaba parte de ella.
Pando bien podría ser el ser vivo más grande y pesado de la Tierra. Lo que parece un bosque de troncos individuales es en realidad un solo organismo. Es una colonia de álamos temblones que vive en Utah, ocupa más de 40 hectáreas y pesa más de 6.000 toneladas. Los aproximadamente 47.000 troncos que lo componen son genéticamente idénticos, todos conectados por un vasto sistema de raíces subterráneo.
Los álamos pueden reproducirse sexualmente mediante semillas, pero lo hacen sobre todo por clonación. Todo es una ilusión de individualidad. Aunque cada tronco vive rara vez más de 130 años, se estima que el organismo tiene entre 9.000 y 16.000 años de antigüedad.
Pando debe de ser especialmente impresionante en otoño. Como todos los troncos comparten la misma genética, todos se vuelven amarillos y dorados al mismo tiempo. Debe parecer una especie de final corto y sincronizado para su año.
Los álamos temblones reciben su nombre por su movimiento. Sus largos pecíolos permiten que las hojas en forma de corazón tiemblen incluso con la brisa más leve. En alemán, hay una frase que mi padre usa a menudo: Zittern wie Espenlaub, que significa “temblar como las hojas del álamo”. Puede ser por frío o por miedo.
Los álamos crecen rápidamente, hasta un metro y medio por año, y su madera es blanda, ligera y efímera. Rara vez se utiliza para objetos heroicos, sino más bien para cosas humildes y cotidianas: papel, cerillas, mondadientes. Hay un contraste llamativo entre la suavidad fugaz de los troncos y la inmensa resistencia del organismo en su conjunto.
Cuando un álamo pierde una rama, la corteza que crece sobre la herida suele formar una cicatriz oscura que recuerda a un ojo. En un bosque como el de Pando, me imagino que uno puede sentirse rodeado por esos ojos, todos mirando con atención en todas direcciones. Siempre me hace pensar en la canción de Baby Dee, Road of Eyes That See, de su álbum I Am a Stick:
And in the eyes of every tree
On that road of eyes that see,
I am determined to remain
A child of joy.